Dime, ¿por qué lloras?

Dime, ¿por qué lloras?

<<Encontró a Ramchand en el rincón donde lo había dejado, con la masa en la mano, pero estaba llorando. Y no berreaba, ni tenía una pataleta ni lloriqueaba como los niños. Lloraba de verdad, con una tristeza tan honda que rompía el corazón, sollozando con un nudo en la garganta y los ojos llenos de pena.
El dolor encogió el pecho de la madre, que corrió hacia su hijo, lo tomó en brazos, lo estrechó y lo examinó para ver si se había hecho daño. Pero no, no era eso, aunque a ella le dolió igual. La mirada de su hijo lo decía todo. Le susurró cosas, le canturreó suavemente, y cuando el niño se hubo tranquilizado un poco, aunque la tristeza y la incomprensión todavía le empañaban los ojos, la mujer le preguntó muy seria, de la misma forma en que le hablaría a un adulto:
-Dime, ¿por qué lloras?
Al principio Ramchand no respondió. Se limitó a contemplar el pedazo de masa que tenía en la mano con una expresión confundida y apenada. Luego observó el rostro querido y familiar de su madre, cuya mirada franca y llena de sinceridad se cruzó con la suya. Confiaba en ella. Podía contárselo.
-Ma… mamá, has… dicho… Me has mandado hacer lo más… más – Tragó saliva, y ella esperó-. Me has dicho que hiciera la cosa más bonita del mundo.
– ¿Y qué? -le preguntó con expresión seria e interrogante.
-Y… -Ramchand rompió de nuevo a llorar y a gemir-. No sé… No sé cuál es la cosa más bonita del mundo.
Ella no se rió. Y nunca llegó a saber cuánto le agradeció su hijo durante toda su vida que no se riera, ni hablara ni se moviese en aquel momento. Lo abrazó suavemente y le acarició la cabeza con ternura.
Entonces entró el padre de Ramchand, vio el rostro de su hijo bañado en lágrimas y, sorprendido, descubrió que en los ojos de su mujer también brillaban las lágrimas.
_¿Qué ha pasado? -preguntó-
Y ella no dijo: «Nada. Es que se ha caído».
Se lo contó todo con absoluta serenidad.
Ramchand miró a su padre con aprensión; sentía el rostro tenso y las lágrimas secas, y el trozo de masa estaba sucio, reseco y lleno de grietas.
Su padre lo miró directamente a los ojos y afirmó:
-Pues yo tampoco lo sé.>>
(Extracto de la novela El vendedor de Saris de Rupa Bajwa)

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